Mostrando entradas con la etiqueta cerebro. Mostrar todas las entradas

Mira la siguiente imagen ¿cuál de los dos puntos te parece más grande?

Posiblemente ya conozcas la ilusión óptica de la foto y hayas contestado que son iguales, pero si recuerdas la primera vez que la viste, seguro que muchos aseguraron que el segundo era mucho mayor.

Esta respuesta se debe a una ilusión, conocida como ilusión de Delboeuf; que, a través del cambio de contexto generado por el tamaño del anillo circundante, hace creer a nuestro cerebro que los puntos, a pesar de ser iguales, tienen unas dimensiones diferentes. Es una ilusión bastante conocida, pero vamos a compartir algunos datos relacionados con ella que sí pueden sorprenderte:

La ilusión de Delboeuf también engaña a los monos
Es sobradamente conocido el efecto que tiene la ilusión de Delboeuf sobre el cerebro de los humanos, que caemos en la trampa como chinches, pero hasta el año pasado no había sido estudiado cómo afecta a otros animales, como nuestros parientes los monos.

El experimento, publicado en Journal of Experimental Psychology, consistía en mostrar la típica imagen de los puntos dentro de los anillos a un grupo de monos capuchinos y monos rhesus, muy utilizados en investigación, que reaccionaron del mismo modo que los humanos, demostrando que nuestros cerebros trabajan de una forma muy similar, como corresponde a nuestro parentesco.

Los científicos responsables del estudio quisieron dejar claro que sus resultados no trataban de explicar que monos y humanos vemos el mundo del mismo modo, pues es algo totalmente erróneo, pero que sí que tenemos en cuenta el contexto a la hora de evaluar las imágenes que percibimos, pudiendo llegar a desarrollar juicios equivocados.

¿Quieres comer menos? La ilusión Delboeuf puede ayudarte

Ya que nuestro cerebro decide timarnos de esta manera, podemos aprovechar el engaño en nuestro propio beneficio.

Y si hay una buena forma de hacerlo, es tomando una ración de comida como el punto y el tamaño del plato como el anillo que lo rodea.

Así, si una ración de comida se encuentra en el interior de un plato muy grande, percibiremos que hemos comido muy poco e iremos en busca de más, mientras que si utilizamos la misma cantidad, pero dentro de un plato pequeñito, nuestro cerebro interpretará que hay mucha más comida y nos hará sentir saciados.

¿De verdad pensabas que la mejor de las dietas consistía en comer sólo lechuga? Pues prueba a engañar a tu cerebro con un plato pequeño. Eso sí, procura incluir ejercicio y comida sana.






ANUNCIO PATROCINADO



Dos personas, una frente a otra. Una recibe 10 euros que puede repartir como quiera entre las dos, pero hay truco. Si el trato que ofrece el que tiene los 10 euros no convence a su compañero, los dos se quedan sin nada.

Bastaría con una oferta de 1 euro para que la persona que se sienta al otro lado de la mesa la apreciara como rentable: 1 euro es más que 0 euros. Pues bien, la razón tiende a toparse con el egoísmo. La mayoría de los individuos que han pasado por este experimento, repetido en innumerables ocasiones, rechazan cualquier oferta que esté por debajo de los 4 euros. O reciben la mitad o boicotean a su compañero, aunque les cueste dinero.

Esta pequeña —y lucrativa para los participantes— función teatral se conoce como el juego del ultimátum y sirve para demostrar que muchas veces los individuos se comportan en los mercados de manera irracional. La venganza es tan sólo una de las caras que adopta el egoísmo cuando el dinero aparece en la ecuación.

El dinero da algo que se le parece mucho a la felicidad. Con un buen sueldo se pueden conseguir cosas útiles, experiencias inolvidables y sueños convertidos en realidad. Por eso la obsesión del ser humano desde la llegada del capitalismo ha sido tener más y más, una circunstancia que además sirve para diferenciarse de los vecinos y creerse mejor que ellos.

Desde los colonos españoles en América hasta Donald Trump, los hombres se han caracterizado por su insaciable sed de dinero, por su eterna fiebre del oro. En muchas ocasiones los ricos son ricos por ser gente sin escrúpulos; al fin y al cabo, nadie se hace multimillonario con el sudor de su frente sino mediante engaños, atajos e información privilegiada. De ahí la imagen del Tío Rico, un avaro excéntrico que goza cuando se zambulle en el dinero custodiado en su cámara acorazada.

Desde que el modelo soviético se derrumbó sólo quedan cuestionables experimentos socialistas en un puñado de países y el capitalismo se ha convertido en la divisa de la humanidad. Ahora sólo importa producir, ganar y gastar. Ese estilo de vida cambia a las personas, que por dinero con capaces de hacer cualquier cosa.

La ciencia ha demostrado en múltiples ocasiones que el dinero genera estragos en nuestro cerebro, cableado para ser egoísta y exigir siempre una cuota justa del pastel económico. Uno de los descubrimientos más relevantes sobre los estímulos que reciben los humanos en situaciones en las que el vil metal está de por medio es el que elaboraron varios científicos de la Universidad de Bonn, que se propusieron estudiar desde el punto de vista neurológico las reacciones a las situaciones de desigualdad.

Los investigadores teutones reunieron a varias cobayas humanas y las pusieron a completar unas sencillas tareas por las que recibían una remuneración. Cuando la segunda persona recibía el mismo sueldo por ejecutar el mismo trabajo todo iba bien, pero cada vez que los responsables del estudio repartían un salario diferente por el mismo esfuerzo había problemas, sobre todo si un individuo recibía menos que otro.
Ni uno solo de los sujetos que obtuvo una paga menor que su compañero quedó satisfecho con el reparto del dinero, como es lógico. Más que egoísmo es sentido de la justicia.

En el caso contrario es donde se vislumbra algo de humanidad, donde se puede atisbar que el dinero no envilece tanto como pensamos. Aunque a la inmensa mayoría (39 de 64) les dio igual cobrar más que sus compañeros, tan sólo 9 quedaron satisfechos con su paga extra. Por su parte, 16 de los sujetos consideraron injusto cobrar más y hubieran preferido un sueldo similar al de sus semejantes.

El egoísmo no está bien visto y, además, no siempre es la actitud más económica. Por mucho que los modelos de mercado siempre partan de la base de que los ciudadanos quieren lo mejor para sí mismos, la «teoría de juegos» ha demostrado en numerosas ocasiones que lo mejor es cooperar, aunque no nos apetezca, como sucede en el dilema del prisionero: Dos reos se enfrentan a un interrogatorio de la policía, que quiere incriminarles; si uno confiesa y el otro niega el crimen, el delator se libra de la cárcel y el compinche acaba 6 años en la trena. Si los dos confiesan se quedan 3 años tras las rejas, mientras que si los dos lo niegan tan sólo se quedan 1 año a la sombra.

La mejor solución, en conjunto, es que los dos lo nieguen y estén tan sólo 1 año en la cárcel, pero como cada uno quiere salvar el pellejo lo que hacen es delatar al compañero. Eso les conducirá, sin embargo, a 3 años en el penal.

Este juego es tan sólo un ejemplo práctico de la importancia del egoísmo, un factor que los modelos matemáticos han de tener en cuenta. Como también demuestra el juego del ultimátum, el bien común es una quimera y lo único que importa es el dinero.





ANUNCIO PATROCINADO



En este momento las sondas espaciales gemelas Voyager, lanzadas en 1977, transportan una carga preciosa en su viaje al exterior del Sistema Solar: dos discos de oro en los que se grabaron, entre otras cosas, un aria de Mozart, saludos en 55 idiomas y las ondas cerebrales de una joven enamorada.

El eminente astrónomo Carl Sagan concibió el proyecto de los discos para dar a conocer la vida humana a otros seres inteligentes que las sondas pudieran hallar. Para incluir sus ondas cerebrales en ellos, Ann Druyan, colaboradora de Sagan, se sometió a un electroencefalograma (EEG), el cual se condensó en un minuto de sonidos. Apenas dos días antes los dos científicos habían descubierto que estaban enamorados, sentimiento que inundó la mente de Ann durante el EEG. Así que hoy, a 18 años de que ella quedara viuda de Sagan, la canción de un cerebro enamorado sigue flotando en la inmensidad del espacio.

Para transmitir la esencia humana a oyentes interestelares, Sagan y su equipo decidieron mostrar nuestro cerebro en acción. La cuestión de qué nos define como humanos está muy trillada entre filósofos y teólogos, pero para muchos científicos la respuesta radica en el misterio del cerebro, ese órgano de kilo y medio de peso que gobierna casi 100.000 millones de neuronas. “A nivel físico, no es más que una masa de átomos que se agitan”, dice Christof Koch, experto del Instituto Allen de Neurociencia, en Seattle. “Pero hay un salto mágico en el que esa actividad se transforma en ira o en el recuerdo del primer beso”.

Adelantos como la imagen por resonancia magnética funcional (IRMF) permiten ver la actividad de distintas partes del cerebro y localizar el origen de ciertas emociones. En 2013, el presidente estadounidense Barack Obama anunció la Iniciativa BRAIN, un plan de financiamiento para mapear la actividad del cerebro y descifrar su código. Se espera que este proyecto produzca avances en la lucha contra el autismo, el Alzheimer y la depresión. Los estudios quizá también arrojen luz sobre cómo nos enamoramos, cómo tomamos decisiones difíciles y otros enigmas, señala Thomas R. Insel, director del Instituto Nacional de Salud Mental de los Estados Unidos. “Entender el cerebro es una empresa fundamental para saber quiénes somos”, dice.

Breve historia de la prodigiosa mente humana


El cerebro lleva millones de años evolucionando a través de un proceso parecido al de añadir bochas de helado a un barquito, dice David J. Linden, neurocientífico de la Universidad Johns Hopkins y autor de La brújula del placer. “Las partes inferiores como el cerebelo y el hipotálamo, que rigen acciones orientadas a sobrevivir como el impulso sexual y comer, no evolucionaron tanto, y en esencia no difieren de las de una lagartija”, explica, refiriéndose a la primera bocha evolutiva. “Otros centros intermedios que intervienen en el procesamiento de las emociones, como el hipocampo y la amígdala, son mucho más refinados en un ratón que en una lagartija”, dice de la segunda bocha. “En la cima, el ser humano tiene una corteza cerebral grande y compleja”, señala de la bocha más alta. Allí residen los pensamientos y el lenguaje.

Hay otra forma de ver la caprichosa evolución del cerebro. “Imagine que le piden construir una lancha rápida, pero solo puede agregar partes a un bote de remos, de madera, que ya existe”, señala Linden. “Así ha evolucionado nuestro cerebro: es posible hacer pequeños agregados a lo que ya hay, pero no alterar el plan básico”. Es la interacción entre las regiones cerebrales más antiguas y las más nuevas lo que determina quiénes somos hoy.

“Humanos y ratones pueden obtener placer de la comida y de la unión sexual, que ambas especies necesitan para sobrevivir y perpetuarse, pero solo un humano puede disfrutar el ayuno o la abstinencia sexual, que no suponen ninguna ventaja evolutiva. El milagro del pensamiento humano es que los primitivos circuitos del placer pueden ser activados por partes superiores, más complejas, del cerebro”, explica Linden. “En cierto modo esta es la base de la cultura. Poder gozar cosas que son absolutamente arbitrarias enriquece mucho nuestra experiencia”, añade.

La evolución humana es un proceso muy lento, pero podemos alterar nuestra “evolución” personal en el transcurso de nuestra vida. “Las neuronas que se activan juntas, se interconectan”, dice el neuropsicólogo Rick Hanson, autor de Cultiva la felicidad. Aprende a remodelar tu cerebro y tu vida. La repetición voluntaria de ciertos pensamientos y sentimientos cambia la estructura del cerebro, como lo demuestra la meditación profunda. Es decir, podemos ayudar a construir nuestra lancha rápida. A continuación explicamos cómo funciona el cerebro humano en siete situaciones comunes. Podés usar esta información para ejercitar tu poder mental.


El cerebro ante las críticas
Acordate de tu última evaluación de desempeño laboral. “Su jefe enumeró primero 19 de sus cualidades, pero al final le señaló un defecto, y eso es lo que recuerda”, dice Hanson. “Se nos graba el negativo punto número 20”. Esta reacción exagerada (los psicólogos la llaman “tendencia a la negatividad”) ayudó a sobrevivir al hombre primitivo.

“Nuestros antepasados buscaban alicientes como comida y pareja, y rehuían peligros como las fieras”, explica Hanson. “Si no encuentra un aliciente hoy, puede buscarlo mañana, pero si olvida rehuir una fiera, está muerto. El cerebro evolucionó para focalizarse en lo adverso. Es como el velcro para las malas experiencias y como el teflón para las buenas”.

Hay prácticas sencillas para contrarrestar esta tendencia. “Tardamos más en asimilar las experiencias positivas”, dice Hanson. “Regodearnos en lo bueno que nos pasa nos ayuda a cobrar plena conciencia de ello, lo que promueve la felicidad y la resiliencia”. Saboreá los cumplidos que recibís. Fijate en los momentos felices; para recordarlos mejor, tomá nota de los detalles.

El cerebro y la desidia
Cuando aplazás algo urgente, eludís el disgusto que te produce esa tarea desagradable porque querés sentirte bien ahora, pero solo conseguís dejarle el problema a tu yo futuro. “Desde el punto de vista neurológico, ¿por qué tratamos así al yo futuro?”, plantea Timothy A. Pychyl, profesor de psicología de la Universidad Carleton, en Ottawa, Canadá. Un estudio que usó la IRMF para ver qué partes del cerebro se activaban cuando los sujetos pensaban en su yo presente, en su yo futuro y en un desconocido reveló que tenemos al yo futuro casi en el mismo concepto que a un desconocido.

La desidia también supone un conflicto entre dos sistemas cerebrales. El sistema límbico, donde residen nuestras emociones básicas, es una parte antigua (de la segunda bocha de helado) que reacciona de modo automático, inconsciente y muy rápido; quiere sentirse bien de inmediato. El otro sistema es la corteza prefrontal (la tercera bocha), sede de facultades superiores, como la previsión y el control de impulsos.

Cuando recordás que debés hacer tu declaración de impuestos, lo primero que se activa es el sistema límbico y tu apremio de sentirte bien ahora, lo que logra evitando esa tarea. La corteza prefrontal, más responsable, se rezaga, y hay que ponerla a funcionar para apreciar las ventajas de declarar a tiempo.

El cerebro enamorado
Las personas más afortunadas nos identificamos no solo con el amor que Ann Druyan sintió por Carl Sagan al prendarse de él, sino con el vínculo duradero que los unió hasta la muerte de Sagan 19 años después. Estos dos tipos de amor proceden de distintas zonas del cerebro, dice Helen Fisher, miembro del Centro de Estudios Evolutivos Humanos de la Universidad Rutgers, en Nueva Jersey, Estados Unidos.

“El amor romántico se origina en la zona tegumentaria ventral, en la parte más antigua del cerebro, cerca de los centros que regulan el hambre y la sed”, explica. “Es un impulso básico que concentra nuestra energía en tratar de ganar el mayor premio de la vida: una pareja sexual. Es un mecanismo de supervivencia”.

Una importante región cerebral relacionada con el apego, en cambio, es el pálido ventral, una zona más moderna y más alta (de la tercera bocha). “La atracción romántica intensa es una reacción más primitiva que el apego; este es un sentimiento de evolución más reciente”, añade Fisher. Ahí reside el amor que dura toda la vida. “La persona que alberga un afecto duradero muestra actividad en la corteza prefrontal ventromedial, relacionada con la ‘ilusión positiva’: la aptitud para fijarse en los pros y dejar pasar los contras”.

Las personas que tienen relaciones amorosas duraderas dicen cosas como “Me molesta que no recoja sus medias, pero me encanta su sentido del humor”. Parece que esta manera de pensar fomenta el cariño hasta mucho después de la luna de miel.

El cerebro y la ira al volante
Imprudencias como manejar muy cerca del vehículo de adelante les han valido a automovilistas agresivos ser golpeados y apresados. ¿Por qué la ira en condiciones de tránsito difícil provoca accidentes, lesiones e incluso homicidios?

La causa es una peculiaridad psicológica llamada error fundamental de atribución. “Damos por sentado que la conducta de alguien obedece a motivos personales y no a las circunstancias”, dice Joseph Moran, investigador del Centro de Ciencia del Cerebro de la Universidad Harvard, Estados Unidos. Cuando otro conductor te cierra el paso, suponés que es un imbécil —en vez de pensar que tal vez va a toda velocidad al hospital—, y eso te enfurece.

El cerebro humano evolucionó para reaccionar de forma exagerada ante lo que cree un peligro. “El mismo mecanismo neural que protegió de las fieras a nuestros ancestros se activa cuando afrontamos causas de tensión comunes como el tránsito”, dice Hanson. El organismo produce la hormona cortisol, que siembra la alarma en el cerebro al estimular la amígdala, centro de las emociones, y daña neuronas del hipocampo, lo cual reduce una parte del cerebro que nos infunde calma y perspectiva de las cosas.

Para controlar la reacción de estrés podemos regular las regiones más antiguas del cerebro con las más recientes, como la corteza prefrontal. Por ejemplo, todo el mundo tiene reacciones involuntarias ante fuentes de tensión como hablar en público. “Nos ponemos nerviosos y se nos reseca la boca porque así nos lo enseñó la evolución”, explica Moran. Pero hay quienes pueden transformar esa energía nerviosa en una fuerza positiva. Las regiones cerebrales superiores les permiten reinterpretar las reacciones físicas como señales de que están emocionados y preparados para hacer contacto con el auditorio. Cuando se enoje al manejar, pensar en otra cosa (por ejemplo, que lleva solo 15 minutos de retraso) o tratar de disfrutar el recorrido puede mitigar su reacción emocional.

El cerebro mientras soñamos
Un voluntario acudió a un estudio sobre los sueños con un dilema: no se decidía entre tomar un curso de posgrado en Massachusetts, donde vivía, u otro lejos de casa. Entonces soñó que volaba en un avión sobre un mapa. El piloto anunció que un motor estaba fallando y necesitaban un lugar seguro para aterrizar. El estudiante propuso Massachusetts, pero el piloto dijo que era un sitio “muy peligroso”. El voluntario despertó convencido de que la decisión correcta era asistir al curso lejos de su casa.

Con estudios de este tipo Deirdre Barrett, profesora de psicología clínica en la Universidad Harvard, ha explorado el complejo funcionamiento de los circuitos cerebrales del sueño. Al dormirnos, el cerebro se aquieta, pero al cabo de 90 minutos se reactiva bruscamente, durante la fase de movimientos oculares rápidos (MOR), a un grado tan intenso como cuando estamos despiertos. Sin embargo, la actividad procede de un grupo distinto de regiones cerebrales.

Mientras que la corteza visual primaria, que recibe estímulos luminosos de los ojos, está menos activa en el sueño que en la vigilia, la corteza visual secundaria, que funciona cuando imaginamos algo, alcanza su máxima actividad en la fase MOR. La corteza motora empieza a transmitir impulsos de movimiento, pero otra zona encargada de paralizar los músculos mientras dormimos los neutraliza. Además, la autocrítica corteza prefrontal, que contribuye a que nos comportemos de modos convencionales, reduce su actividad durante el sueño.

Esta redistribución de la actividad no solo concuerda con los rasgos distintivos de los sueños —entornos de gran riqueza visual donde realizamos actos desmesurados y los hechos toman extraños giros—, sino que hace de los sueños campo fértil para resolver los problemas de la vida en vigilia. La mayor actividad de la corteza visual secundaria permite a la mente que sueña visualizar soluciones nuevas. “Los inventores podrían ver un diseño, y los químicos, estructuras moleculares”, dice Barrett. La menor actividad de la corteza prefrontal puede ayudarnos si estamos estancados.

Para maximizar el poder de solución de los sueños, a la hora de dormir planteá el problema escribiéndolo o repitiéndolo mentalmente, aconseja la profesora. Luego inventá una imagen que lo represente, y repetí que querés soñar una solución. No olvides dejar pluma y papel junto a tu cama, y escribir lo que sueñes en cuanto despiertes. “Los sueños se guardan en la memoria de corto plazo, pero escribirlos los transfiere a la de largo plazo”, concluye Barrett.

El cerebro al escuchar música
Imaginá que mientras hacés fila para comprar un café, en la radio del local empieza a sonar Happy, el éxito de Pharrell Williams. En la intensa actividad mental que se desata, necesaria para procesar la música, “intervienen los aspectos más avanzados de la cognición humana”, dice Robert Zatorre, profesor del Instituto y Hospital de Neurología de la Universidad McGill, en Montreal, Canadá. Apenas llegan al oído, los sonidos activan una serie de estructuras, desde la cóclea (donde las vibraciones se convierten en impulsos eléctricos) hasta la corteza cerebral. Al reconocer la canción —su nombre o la última vez que la oyó— la corteza auditiva se conecta con partes que rigen la recuperación de recuerdos. Si movés el pie, activás la corteza motora de modo muy singular porque lo hacés al compás de la música.

Por último, si Happy te toca el corazón, habrás encendido el sistema de gratificación del cerebro, un circuito antiguo y poderoso que es activado por estímulos esenciales de supervivencia como la comida y el sexo.

¿Por qué algo que parece tan poco esencial como la música activa un sistema que favorece la vida? Los científicos aún no lo saben, pero lo que ocurre en el cerebro cuando oímos una canción que nos gusta da una clave. “La música aumenta la interacción entre estructuras cerebrales de antiguos centros de gratificación que regulan el placer y zonas más recientes de la corteza que rigen la previsión”, dice Zatorre. En un estudio, observó que el cerebro produce dopamina, una sustancia asociada con el placer y la gratificación, al anticipar nuestro pasaje favorito de la canción. Entonces, quizá la música estimule el deseo innato del cerebro de identificar pautas y resolver problemas.

El cerebro cuando meditamos
La meditación es un medio eficaz para convertir en lancha rápida el viejo bote de remos del cerebro. Promueve la formación de tejido cerebral, mejora el estado de ánimo y aumenta nuestra resiliencia. “La meditación implica metacognición (pensar en pensar, poner atención en la atención), lo que activa la corteza prefrontal”, dice Hanson. “Estimula todo el cerebro, al acceder a experiencias sensoriales y emocionales, necesidades, impulsos y sustratos de la conciencia profundos y antiguos. En ella intervienen a la vez las partes más recientes y las más antiguas del cerebro”.

En los participantes de un estudio que meditaban 40 minutos diarios se observó una capa más gruesa de sustancia gris en zonas que intervienen en la atención, la toma de decisiones y la memoria operativa, en comparación con quienes no meditaban. Otro estudio reveló que ocho semanas de meditación profunda aumentan la sustancia gris en varias regiones, incluido el hipocampo (que interviene en el aprendizaje y la memoria), y la reduce en la amígdala (que cumple una función en el estrés).

“¿Basta sentarse, concentrarse en la respiración y relajarse todos los días para construir sustancia cerebral?”, dice Hanson. “¡Estupendo!”





ANUNCIO PATROCINADO



Es la estación favorita de muchas personas, pero a nuestro órgano pensante le sienta fatal el calor. Te contamos por qué.

Cada año, la Sociedad Española de Neurología (SEN) nos recuerda que debemos seguir unas pautas básicas para cuidarnos durante esta época. Y es que a nuestro cerebro le sienta fatal el verano, al menos si vivimos en un país con altas temperaturas como el nuestro.

El motivo fundamental es que el calor interfiere con la actividad del hipotálamo, una parte muy importante de nuestro órgano pensante que, entre otras muchas funciones, se ocupa de regular nuestra temperatura corporal. Como es previsible, este efecto tiene a su vez otras consecuencias más o menos dramáticas, entre ellas que dormimos bastante peor que en invierno.

Además, por encima de los 30⁰ C el impulso nervioso se ralentiza, provocando cansancio y fatiga. Como resultado de todo esto podríamos decir que estamos para el arrastre, no rendimos bien y somos más peligrosos al volante debido a la somnolencia.

Por otro lado, parece que la estacionalidad afecta más de lo que pensábamos a nuestro sistema nervioso, como así sugiere un estudio publicado en PNAS a principios de año, que mostró diferencias en la actividad cerebral de los participantes en función de la época en la que se tomaban las imágenes de resonancia magnética.

Peor para los enfermos mentales
Si bien las personas que no sufren ningún problema neurológico sobrellevan el calor con más o menos dignidad, los que padecen migrañas pueden notar cómo sus síntomas empeoran, ya que las altas temperaturas y los contrastes térmicos de los aires acondicionados desencadenan dolores de cabeza.

Quienes toman algún tipo de medicación, como por ejemplo pacientes afectados de epilepsia, deben tomar cantidad suficiente de líquidos para evitar que se altere el equilibrio hídrico del cuerpo, pues eso a su vez afecta a la cantidad de fármacos en sangre. Según indican los expertos de la SEN, durante el verano es muy frecuente que los pacientes acudan a su médico alarmados, pensando que su enfermedad se ha agravado, cuando simplemente es un efecto de las altas temperaturas.

Recomendación: sentido común
¿Qué hacer para proteger a nuestro cerebro del calor? Basta seguir las recomendaciones generales que se dan para el verano: evitar hacer ejercicio intenso y estar en la calle en las horas centrales, beber muchos líquidos, seguir la dieta mediterránea y consumir alimentos con mucha agua, usar ropa transpirable, etc.

Con un poco de sentido común lograremos evitar que nuestro sistema nervioso sufra los estragos del verano.




ANUNCIO PATROCINADO



Probablemente haya escuchado que los alimentos más sanos para nuestro cerebro son los arándanos, el salmón, las verduras o el aceite de oliva, que ayudan a la memoria y mantienen la vitalidad neuronal. Sin embargo, ¿qué comidas deberíamos limitar si queremos evitar dañar nuestro sistema nervioso? Según el sitio especializado Prevention, los neurólogos recomiendan disminuir el consumo de:

Edulcorantes
Unos estudios recientes que han realizado científicos israelíes han demostrado que el consumo de los sustitutos del azúcar aumentan de manera drástica el riesgo de padecer diabetes que, a su vez, incrementa la probabilidad de sufrir degradación cerebral y enfermedades como el mal de Alzheimer.

Galletas
En particular, las galletas de hojaldre porque, para generar su textura, los fabricantes suelen emplear grasas saturadas. En el apartado de los tentempiés perjudiciales también se encuentran la margarina y las palomitas de maíz de microondas.

Las grasas saturadas causan contracciones neuronales, inflamación e interrupción de la transmisión nerviosa del cerebro y perjudican a la memoria.

Bebidas azucaradas
Los expertos han concluido que el sistema de regulación de nuestro peso parece que no trabaja de la mejor manera cuando asimila el contenido de estas bebidas.

Algunos estudios han demostrado que estos líquidos 'engañan' a nuestro cerebro porque no reducen la sensación de hambre de nuestro organismo cuando consumimos calorías, circunstancia que provoca que comamos más de lo que necesitamos. 

Gluten
Evitar una dieta con este conjunto de proteínas que contienen ciertas harinas de cereales de secano puede contribuir a aclarar la mente, aunque también ayuda a mejorar la digestión y hasta al crecimiento del cabello. De hecho, existen casos registrados en los que una dieta libre de gluten ha contribuido a que algunos pacientes superaran psicosis y enfermedades depresivas.
El efecto dañino del gluten se debe a que, durante su crecimiento, los cereales son irrigados con herbicidas tóxicos y tratados con productos genéticamente modificados. En este caso, la recomendación es reducir los productos que contengan harina.
Comida procesadaSe trata de otra fuente de grasas saturadas que, principalmente, perjudican al cerebro y al corazón, pues contienen altas cantidades de azúcar e ingredientes artificiales. Además, estos 'alimentos artificiales' aumentan las opciones de padecer obesidad, que también resulta muy perjudicial para nuestro cerebro.

Pescados con mercurio 

Los especialistas advierten que el consumo de mercurio, que se puede encontrar en alimentos como el pescado, representa uno de los mayores riesgos de daño cerebral. De manera específica, este elemento puede afectar al cerebelo, una región que controla el equilibrio, la coordinación y la visión.
Gail Saltz, profesor de Psiquiatría de la Universidad Cornell y médico del Hospital Presbiteriano de Nueva York (Estados Unidos), procura "no comer atún más de una vez por semana" y prefiere hacerlo "en pequeñas cantidades, como en rollos de sushi".

Además, algunos nutricionistas recomiendan abstenerse de comer tiburón, pez espada o blanquillo y limitar el consumo de atún blanco, camarón y bagres, también conocidos como peces gato.





ANUNCIO PATROCINADO



Anualmente 6.7 millones de personas mueren en el mundo a causa de accidentes cerebrovasculares (ACV, infarto cerebral, derrame o apoplejía). Pero de acuerdo a un nuevo estudio, el 90% de los casos son prevenibles.

Un equipo internacional de investigadores, liderados por el Instituto de Investigación de Salud de la Población de la Universidad McMaster, examinó personas de cada continente y descubrió un patrón entre las víctimas de ACV.

El estudio mostró diez factores de riesgo modificables con el 90 por ciento de los casos de ACV en todas las regiones, edades y géneros. La hipertensión resultó ser el mayor factor de riesgo modificable en todas las regiones y un objetivo clave para reducir la cantidad de infartos cerebrales en el mundo.
Para el estudio, los investigadores examinaron los registros médicos de casi 27,000 hombres y mujeres en distintas etapas de la adultez. Calcularon que si los participantes eliminaban ciertos factores de riesgo, la posibilidad de un ACV disminuye enormemente. Al eliminar cada uno de los 10 factores más importantes, los participantes veían una reducción de riesgo del 90%:
  • Hipertensión (presión sanguínea alta): 47.9 por ciento
  • Inactividad física: 35.8 por ciento
  • Lípidos (transportan el colesterol): 26.8 por ciento
  • Dieta poco saludable: 23.2 por ciento
  • Obesidad: 18.6 por ciento
  • Fumar: 12.4 por ciento
  • Problemas cardiacos: 9.1 por ciento
  • Consumo de alcohol: 5.8 por ciento
  • Estrés: 5.8 por ciento
  • Diabetes: 3.9 por ciento
De acuerdo con la Asociación Nacional de Ictus de E.U.A., un ACV es un infarto cerebral que le puede suceder a cualquier persona en cualquier momento y resulta en que las neuronas sean privadas de oxígeno. No obstante, tener alguna de los 10 factores de riesgo identificado podría hacer que una persona tuviera alto riesgo de padecerlo.

La memoria y el control muscular son las primeras cosas que se pierden tras un ACV y más de dos de cada tres sobrevivientes terminaron con algún tipo de incapacidad. La OMS estima que anualmente 15 millones de personas alrededor del mundo sufren un accidente cerebrovascular, siendo la segunda causa de muerte a partir de los 60 años de edad.

Los investigadores también destacan que debido a que cada uno de los 10 factores afectan a las poblaciones en grados distintos, las tácticas para enfrentar el problema deberían enfocarse a los factores de riesgo de cada país.

Los resultados, publicados en el diario The Lancet, muestran que los programas de los gobiernos aún pueden mejorar para reducir los riesgos de ACV, por ejemplo impartiendo una mejor educación, regulando los precios de los alimentos saludables para hacerlos más accesibles, con leyes más estrictas respecto al tabaco e impulsando la creación de medicamentos más económicos contra la hipertensión.




ANUNCIO PATROCINADO



Corría el año 2007 cuando un hombre francés de 44 años acudió a su médico de cabecera. El paciente se quejaba de una pequeña molestia en la pierna izquierda. Podría haber sido un esguince o cualquier otro problema de tipo muscular, pero el doctor prefirió hacerle un análisis completo.

Así fue así descubrió, gracias a los escáneres cerebrales, que el cráneo del hombre estaba repleto de líquido cefalorraquídeo –el mismo que tenemos en la médula espinal–. Solo conservaba el 10% de su tejido cerebral; el 90% restante estaba completamente erosionado.

El extraño fenómeno se debía a que, cuando tan solo era un niño, el hombre había sufrido hidrocefalia, una enfermedad que provoca un aumento desorbitante de líquido en el cerebro. Desde que fuera un bebé hasta los 14 años, se había tomado la medicación oportuna para evitar sus efectos. Pero después abandonó el tratamiento y las consecuencias fueron evidentes.

Sin embargo, la pequeña capa de tejido cerebral que conservaba le permitía hacer una vida completamente normal. Pese a que muchas de las regiones clave de su cerebro no funcionaban, el hombre consiguió llevar una apacible vida de funcionario con una mujer y dos hijas.

Su cociente intelectual era de 75, algo bajo pero sin ningún indicio de discapacidad. Y el resto de su cuerpo se mantenía completamente saludable.

Este francés revolucionó todo lo que se había descubierto hasta el momento. Tenía muchas menos neuronas. Pero esto no afectó para nada a su conciencia. Su capacidad para subsistir perfectamente sin regiones clave del cerebro, que antes se consideraban vitales para la conciencia, cuestiona las teorías existentes respecto a cómo funciona nuestro cerebro y los mecanismos que subyacen a nuestra conciencia.

Por ejemplo, desde la neurología se ha afirmado a menudo que el tálamo, una zona del cerebro encargada de retransmitir las señales sensoriales al cortex cerebral, es indispensable para la conciencia. Esto se debe a que las investigaciones sobre el tálamo indican que los daños en esta región suele provocar que la gente caiga en coma. Incluso, los científicos han sido capaces de "apagar" manualmente la conciencia de un paciente epiléptico al estimular eléctricamente esta zona.
Por otro lado, también se ha considerado el claustrum como una zona indispensable, ya que se ha demostrado que es posible hacer que las personas pierdan el conocimiento utilizando electrodos para manipular la actividad de esta región del cerebro.

Pero que este hombre haya sido capaz de mantener la conciencia con una sola área de neuronas corticales rebate todas estas teorías, reforzando aquellas que afirman que la conciencia no depende tanto de la anatomía del cerebro sino de las maneras en que las neuronas se comunican entre ellas.

En este sentido, la propuesta que más fuerza ha ganado es la de Axel Cleeremans, un psicólogo cognitivo de la Universidad de Bruselas que publicó un estudio en el que se explica que el cerebro es un órgano flexible. De este modo, las diferentes regiones tienen la capacidad de adaptarse al aprendizaje y las condiciones de cada individuo.

Es decir, al igual que ocurre con nuestros sentidos, de fallar una parte de nuestro cerebro, el resto tendría la capacidad para compensarlo de una forma u otra.

Aunque a la comunidad científica le queda mucho para llegar a un consenso, como mínimo este caso ha servido para dar más fuerza a la leyenda urbana de la película Lucy, en la que se explica que solo utilizamos el 10% de nuestro cerebro.






ANUNCIO PATROCINADO



Con la tecnología de Blogger.